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marți, 17 ianuarie 2017

CONSIDERACIONES GENERALES SOBRE EL FOLCLOR RUMANO - by MIHAELA ALDA



1. ¿Por qué es diferente el folclore rumano?
1.1 Consideraciones históricas
El territorio actual de Rumanía estaba poblado, hace 2 500 años, por los dacios, un pueblo guerrero que los romanos tardaron siglos en conquistar.
El que finalmente consiguió someter a la mayor parte de las tribus dacias en el año 106 de nuestra era fue, de hecho, un español, el emperador romano Trajano nacido en Santiponce, en la provincia de Sevilla.
 Se dice que el botín que el ejército de Trajano se llevó de Dacia era tal, que se suprimieron los impuestos en todo el Imperio Romano durante años porque el oro de los dacios era suficiente para todos los gastos de la administración romana. Pero esta es otra historia…
Lo realmente importante es que la dominación romana duró poco, apenas 170 años, y en 271 Aureliano decide retirar sus tropas de Dacia para defender el Imperio al Sur de Danubio. Los dacios y los colonos romanos se quedaron solos ante los invasores venidos de las estepas asiáticas. Su única defensa fueron los Cárpatos, las montañas que surcan el territorio del país – se retiraron, pues, en las montañas e intentaron evitar cualquier contacto con los demás pueblos. Así preservaron su lengua, el latín popular, y su cultura precristiana; su mitología, sus cuentos, sus tradiciones de miles de años se mantuvieron sin cambios importantes por otros dos mil años.
1.2 La cristianización del territorio rumano
Otra de las causas de estas diferencias entre el folclore rumano y el folclore del Oeste de Europa es la particular forma en la que la nueva religión cristiana penetró en los territorios habitados por los antepasados de los rumanos, es decir los dacorromanos.
Como ya hemos visto, en el siglo 4, cuando el cristianismo es declarado religión oficial en el Imperio Romano, Dacia ya no pertenecía al Imperio – llevaba casi cien años abandonada. Así que no hubo ninguna cristianización impuesta por el emperador, sino un lento cambio de los dioses paganos a los santos cristianos, resultado de unas elecciones personales de cada habitante de las aldeas.
Pero, ¿por qué eligieron los dacios ser cristianos, cambiar a sus dioses por un dios extraño venido de Oriente, si nadie los obligaba a hacerlo? ¿Por qué cambiaría nadie su religión sin ninguna presión del exterior?
La respuesta a estas preguntas nos hará vislumbrar las particularidades de la mitología dacia y, más tarde, rumana: lo único que los dacorromanos cambiaron fue los nombres. Ellos ya creían, desde milenios, en un dios que murió y luego resucitó – no a los tres días, es verdad, sino a los tres años. Su nombre era Zamolxis y, dice la leyenda, había permanecido enterrado en una cueva de los montes Bucegi durante tres años antes de resucitar.
Los dacorromanos aceptaron, pues, al dios Jesucristo y lo integraron en su mitología sin por eso renunciar a la tradición anterior. Los nombres cambiaron, pero las leyendas no. La Iglesia cristiana ortodoxa mezcló lo antiguo con lo nuevo de tal forma que, incluso hoy en día, no es raro ver una especie de extraña colaboración entre los curas ortodoxos y las brujas, sacerdotisas de la antigua religión dacia, personas muy respetadas en los pueblos rumanos tradicionales.

2. La visión del mundo en la tradición rumana
Dadas las circunstancias, no debe extrañarnos que la mitología se haya conservado sin apenas cambios durante miles de años en el territorio habitados por los rumanos en el Este de Europa y que se haya transmitido a través de cuentos hasta el día de hoy.
2.1 Los dos “mundos”
El mundo reflejado en los cuentos rumanos es muy diferente de la visión cristiana. Hay que decir, desde el principio, que en estos cuentos aparecen dos espacios, más o menos claramente delimitados, entre los cuales se mueven los héroes: “este mundo” o “esta tierra” – lugar de los humanos – y “el otro mundo” o “la otra tierra” que, a diferencia de la tradición del Oeste, no es el lugar de los muertos, sino de unas criaturas fantásticas, seres con poderes mágicos procedentes de la antigua mitología dacia. Nunca sabremos dónde está situada esta tierra, ni cómo es exactamente su parecido, porque no hay palabras para describirla, tal como lo confiesa el narrador del cuento de Benjamín el Valiente y las manzanas de oro:
“Benjamín llegó al otro mundo, miró inseguro a su alrededor y con gran asombro vio todas las cosas cambiadas: la tierra, las flores, los árboles, las bestias eran de otra forma por allí”.
¿De qué otra forma? No se nos dice.
Los dos espacios están comunicados y los humanos pueden entrar, en ciertas condiciones, en el mundo mágico, así como los seres fantásticos pueden aparecer en nuestro mundo.
2.2 Los habitantes del otro mundo
Y ahora, ¿quiénes son los habitantes del otro mundo?
Los más comunes son los zmei, unos reptiles con apariencia humana que viven en palacios mágicos de la otra tierra, poseedores de poderes sobrehumanos y que a menudo vienen a nuestro mundo para robar princesas o, más grave aún, para quitarnos el Sol y la Luna y llevárselos a su mundo. Es lo que pasa en el cuento de Greuceanu:
 “Erase una vez un emperador y se llamaba el Emperador Rojo. Estaba él muy apenado porque en sus días unos zmei habían robado el sol y la luna del cielo.”
Este “otro mundo” es también hogar de la vieja del bosque, llamada a veces “la madre del bosque” o “hermana Iaga” – espíritu maligno que vive en la oscuridad y se dedica a robar niños o chicas jóvenes de nuestro mundo. En el cuento del Príncipe de la lágrima, el emperador nos la describe así:
 “una arpía añosa y fea, que anda por mis tierras con la tormenta de la mano. Por donde pasa ella, la faz de la tierra se seca, los pueblos se desvanecen, las ciudades quedan en ruinas. La he perseguido yo para darle caza, pero nada he conseguido. Y para no perder todo mi imperio fui obligado a cerrar un acuerdo con ella y a darle como tributo a cada decimo hijo de mis súbditos. Hoy mismo vendrá a cobrarse el tributo.”
Y ella aparece: “cabalgando en la medianoche con alas de viento, con cara arrugada como de roca hueca y surcada de arroyos, con un bosque por pelo, bramaba a través del aire sombrío la loca vieja del bosque. Sus ojos – dos noches turbias, su boca – un abismo abierto, sus dientes – filas de piedras de molino.”
Pero es posible que el más extraño entre todos los habitantes de la otra tierra sea el malvado del cuento de Aleodor emperador, cuyo nombre en sí le sirve de descripción: se llama “Medio-hombre-cabalgando-sobre-medio-conejo-cojo”. ¿Y qué quiere este monstruo? Se lo pide él mismo al héroe: “para que te libres de castigo no te queda otra que traerme a la hija del emperador Verde”, es decir, igual que los zmei, quiere algo que no pertenece a su mundo, sino al nuestro.
2.3 Empiezan los problemas
Esta intrusión de los seres del otro mundo en el mundo de los humanos representa, normalmente, el motivo por el que un héroe – príncipe, guerrero o simple labrador – tiene que viajar al mundo de los zmei, luchar con ellos y restablecer el orden.
Pero no es el único motivo. Existe, por ejemplo, en el folclore rumano un cuento muy extraño, llamado Juventud sin vejez y vida sin muerte, en el que la motivación del héroe es bien diferente. Dicho cuento empieza, como mucho otros, con un emperador y una emperatriz deseosos de tener un heredero, pero incapaces de conseguirlo. Y dice el cuento:
 “Al final se enteró el emperador que había en un pueblo cercano un viejo sabio  y mandó a traerlo; pero éste contestó a los mensajeros que el que le necesite lo venga a buscar. Así que se levantaron el emperador y la emperatriz y, acompañados por algunos de sus nobles, guerreros y sirvientes, se fueron a casa del viejo. Y atisbándolos desde lejos el viejo salió a recibirlos y les dijo:
- Bienvenidos en paz; pero ¿qué buscas, emperador? El deseo que albergas mucha tristeza te causará.
- Yo no vengo a preguntarte esto, dijo el emperador, mas si tienes algunas pócimas que nos hagan tener un hijo, que me las des.
- Tengo, le contesto el viejo; pero vais a tener un hijo solo. Será Niño-Hermoso y querido y no vais a disfrutar de él.”
Como siempre pasa en los cuentos, el emperador ignora los consejos del sabio y le pide la medicina. Pero cuando llega la hora de nacer, el niño empieza a llorar en el vientre de su madre y no quiere nacer hasta que el emperador no le dice:
 “- Calla, hijo querido […]que te daré tal y tal imperio; calla, hijo, que te daré de esposa a tal y tal hija de emperador, y muchas otras como estas; en fin, cuando vio que no se callaba, le dijo otra vez: calla, hijo mío, que te daré Juventud sin vejez y vida sin muerte.
Entonces el niño calló y nació.”
Como se puede ver, los humanos mismos pueden alterar el orden entre los dos mundos, buscando cosas que no les pertenecen. Es evidente que lo que el emperador promete no es de este mundo, sino del otro, la tierra de los zmei, de los duendes y de las hadas y es allí donde el hijo tendrá que ir a buscarlo.
Sea por lo que fuere, el héroe tiene que viajar entre los dos mundos.
2.3 El camino
Siendo humano – son raros los héroes con poderes mágicos en el folclore rumano – el valiente necesita la ayuda de unos seres especiales, a medio camino entre este mundo y el otro, pero que no pertenecen a ninguno de los dos.
Estos ayudantes pueden tener apariencia humana o también pueden ser animales mágicos. El más importante de ellos es el caballo del héroe, que no es un caballo cualquiera, sino uno que habla, da consejos, y puede volar al igual que Pegaso de la mitología griega. Para merecer un acompañante tan valioso, el héroe tiene que pasar la prueba de la confianza, es decir, tiene que ser capaz de ver más allá de la apariencia física y valorar los poderes ocultos bajo un parecido desagradable. Por ejemplo, en La historia de Moro-Blanco, el joven príncipe tiene que elegir su caballo entre cientos. Será el elegido el que se atreva a comer ascuas:
 “Llena después una bandeja de ascuas, la lleva a las cuadras y la deja abajo entre los caballos. Y entonces, ¡toma ya!, de entre la yeguada sale un caballo jamelgo, de cruz seca y pelo enmarañado, tan flaco que se le podían contar las costillas; y encaminándose sin vacilar hacia la bandeja, coge un bocado de ascuas. El hijo del rey le pega entonces con las riendas en la cabeza diciendo:
- ¡Jamelgo mugroso que eres! de todos los caballos, ¿justo tú tenías que comer ascuas? si otra vez te traen tus pecados por aquí, ¡mala suerte te esperará!
Luego empieza a pasear los caballos para un lado y para otro, y ¡toma! que el rocín huesudo se apresura y coge otro bocado de ascuas. El hijo del rey le pega otra vez con las riendas a más no poder, y después vuelve a pasear los caballos de un lado a otro, a ver si viene otro caballo a comer ascuas. Pero mira que la tercera vez, el mismo jamelgo se presenta y empieza a comer ascuas hasta que las acaba. Entonces el hijo del rey, enojado, le vuelve a pegar, otra vez con todas sus fuerzas, luego le pone el cabestro y, colocándole las riendas, dice entre sí: “¿Qué me lo lleve o qué mejor lo suelte? Me da que seré la burla de todos. Con un caballo como este, mejor a pie”.
Y como estaba él pensando, que si llevárselo, que si dejarlo, el caballo se sacude tres veces y en seguida se le queda el pelo lustroso y se hace joven como un potro, que no había otro corcel más hermoso en toda la yeguada. Después, mirando en los ojos del hijo de rey, dice:
- ¡Monta en mí, amo, y agárrate bien!
El hijo del rey le pone el bocado, monta, y en seguida el caballo lo lleva volando hasta las nubes y luego vuelve a bajar como una flecha. Después otra vez lo lleva volando hasta la luna y lo baja más deprisa que el rayo. Y mira que la tercera vez lo lleva volando hasta el sol y, cuando toca tierra, le pregunta:
- Eh, amo, ¿qué te parece? ¿Has pensado alguna vez que tocarías: el sol a paso, la luna con el brazo y que buscarías en las nubes corona de querubes?”
Una vez elegido el caballo, el viaje puede empezar. Y, como hemos dicho, es difícil trasladarse de un mundo al otro, así que nuestro héroe necesita toda la ayuda que pueda conseguir. En La historia de Moro-Blanco, por ejemplo intervienen, entre otros, cinco personajes situados en el límite entre mágico y ridículo. El primero es Friolón,  “una alimaña de hombre que se achicharraba al lado de un fuego de veinticuatro cargas de leña al tiempo que gritaba, a más no poder, que se moría de frío. Y es más, ese hombre era algo espantoso; tenía unas orejas salidas y unos labios gruesos y morrudos. Y cuando soplaba por ellos, el de arriba se le doblaba por encima de la coronilla, mientras el de abajo le colgaba hasta taparle la barriga. Y en cualquier cosa donde llegaba su aliento, se ponía la escarcha de un palmo o más.” Luego se topa con Hambrón, “un gigantón [que] comía los surcos detrás de 24 arados y al mismo tiempo gritaba a todo pulmón que se moría de hambre.” El siguiente es Resecuzo, “un esmirriado [que] se había bebido el agua de 24 estanques y un río que movía 500 molinos, nada más, y al mismo tiempo gritaba que se moría de sed.” El cuarto viene Ojón, algo muy parecido al Cíclope griego: “un contrahecho con un solo ojo en la frente, tan grande como un plato y cuando lo abría no veía nada;  tropezaba ciego con todo lo que encontraba. Mas cuando lo tenía cerrado, tanto de día, como de noche, decía ver hasta las entrañas de la tierra.” Por fin, para completar la alegre cuadrilla, llega Pajar-Ancho-Largo, “un endriago de hombre [que] iba cazando pájaros con el arco. ¿Y creéis que la maestría y el poder de ese hombre sólo estaban en su arco? ¡Ni hablar! Tenía otra maña aun más estremecedora y un poder más grande que el del diablo: cuando quería se ensanchaba hasta rodear la tierra con los brazos. Y otras veces se afinaba y se alargaba hasta tocar la luna, las estrellas o el sol con la mano y más aún.”
A Greuceanu, otro héroe, le ayuda el Herrero de la Tierra, el nombre rumano del dios Hefesto. Éste le desvela los secretos de la metamorfosis, le enseña cómo transformarse en cualquier animal, por ejemplo en paloma: “Greuceanu dio tres volteretas y se transformó en paloma. Porque, ya sabes, él había aprendido las artimañas que le había enseñado el Herrero de la Tierra”.
A veces el héroe necesita ayuda también para volver del otro mundo. A Benjamín, por ejemplo, le ayuda un zgripsor (en su versión femenina, zgripsoroaica), un ave fantástica con apariencia de águila gigante y con los poderes mágicos típicos de los seres del mundo no humano, algo entre la quimera griega y el ave fénix.
Pero incluso los animales más humildes pueden ayudar: a Moro-Blanco le ayudan las hormigas y las abejas, mientras que a Aleodor emperador le sacan de problemas un lucio (el pez), un cuervo y un tábano.

3. La guerra de los mundos
Una vez constituida la alianza, el héroe, como representante de nuestro mundo, está preparado para enfrentarse a los seres de la otra tierra. Es una batalla épica entre el Bien y el Mal, aunque no siempre toma la forma tradicional de la lucha armada.
3.1 Luchando contra los monstruos
La imagen tradicional de este enfrentamiento es, sin duda, la de dos guerreros armados que pelean entre sí al estilo y a la imagen de los caballeros medievales.
Y es así como se producen las luchas en muchos de los cuentos rumanos: el protagonista llega a la morada de los señores del otro mundo, a menudo después de haber vencido a un dragón, espera a los zmei escondido en algún sitio (debajo de un puente, detrás de una puerta, en un bosque) y los provoca a un combate singular. Es lo que hace Greuceanu: espera debajo de un puente la llegada de los tres hermanos zmei contra los que tiene que luchar. Mata a los dos primeros y vuelve bajo el puente a la espera del tercero, el mayor y el más fuerte de los tres.
“Entonces salió Greuceanu de debajo del puente y le dijo:
- Eh, zmeu valiente, ¡ven a luchar conmigo!¡Cortémonos con las espadas, puncémonos con las lanzas o mejor luchemos cuerpo a cuerpo.
Llegó el zmeu y empezó la lucha: con las espadas lucharon hasta que se les rompieron las espadas, con las lanzas se punzaron hasta que las lanzas también se les rompieron; luego empezaron a luchar cuerpo a cuerpo: se sacudían el uno al otro que temblaba la tierra; y el zmeu apretó a Greuceanu, pero éste, adivinando las intenciones del zmeu, se infló y se atiesó los tendones y nada le pasó, luego Greuceanu apretó a su vez al zmeu, justo cuando no se lo esperaba, que le crujieron los huesos.
Nunca se había visto tal lucha. Y lucharon, y lucharon hasta que llegaron al mediodía y ya se cansaron. Entonces pasó volando un cuervo por encima de ellos, balanceándose por el aire y observando su combate. El zmeu lo vio y le dijo:
- Cuervo, cuervo, pájaro cenizo, tráeme agua en tu pico y te daré de comer a un caballero y a su caballo.
Dijo también Greuceanu:
- Cuervo, cuervo, tráeme a mí agua dulce en tu pico, que yo te daré de comer tres zmei muertos y tres caballos.
Cuando oyó estas palabras, el cuervo le trajo a Greuceanu un pico de agua dulce y apaciguo su sed; porque estaban muy sedientos. Entonces Greuceanu cobró ánimo y, esforzándose, levantó de una vez al zmeu y luego lo pegó contra la tierra que lo enterró hasta el cuello; le puso el pie en la cabeza y así sujetándolo le dijo:
- Dime, zmeu asqueroso, dónde has escondido el sol y la luna, que hoy no saldrás con vida de mis manos.”
3.2 Otras luchas
Hay muchos ejemplos de este tipo de lucha en los cuentos rumanos. Pero también existe otro tipo de enfrentamiento, incluso más difícil. Son las llamadas “pruebas” a través de las cuales el héroe demuestra sus cualidades y se enfrenta a sus miedos.
El árbitro (el que impone las pruebas y juzga sus resultados) suele ser el señor de la otra tierra, que muy a menudo aparece con el nombre de Emperador Rojo o Emperador Verde – lo que nos podría llevar al caballero Verde de la historia de Sir Gawain y a sus fuentes nórdicas. Aunque parezca humano, este señor Rojo o Verde no lo es, por lo menos no del todo. Es una criatura del otro mundo, un mago, un hechicero o simplemente un sabio que pone a prueba las cualidades del protagonista y castiga a aquellos que se atreven a pedir cosas que no se merecen.
Las pruebas toman muy a menudo la forma de un juego al escondite. En el cuento de Moro-Blanco, por ejemplo, la hija del emperador Rojo que, se nos dice abiertamente, es una hechicera, se transforma en pájaro y se esconde. Los ayudantes del protagonista, Ojón y Pajar-Ancho-Largo, la persiguen:
 “En seguida se marchan tras ella, y no andan mucho cuando Ojón ya dice:
- Mírala, Pajar-Ancho, mira, allá detrás de la tierra, agachada tras la sombra del conejo; ¡agárrala y no la sueltes!
Pajar-Ancho se ensancha todo lo que puede, empieza a tentar entre la maleza y, cuando está a punto de atraparla, ¡fiuuu! hasta la cima de una montaña y se esconde detrás de una roca.
- Mírala allí, en la cima de la montaña, detrás de esa roca, dijo Ojón.
Pajar-Ancho entonces se alza un poco y empieza a hurgar detrás de las rocas; mas cuando está a punto de atraparla, ¡fiuuu! otra vez y se esconde justo detrás de la luna.
- Mírala, Pajar-Ancho, mira allá, detrás de la luna, dijo Ojón; ojalá pudiera agarrarla yo para darle un repaso.
Entonces Pajar-Ancho se estira lo que puede y se alza hasta la luna. Luego, rodeando la luna con los brazos, atina el pajarillo, lo agarra por la cola y casi le tuerce el cuello.”
Pero la más difícil de todas es la prueba de la melancolía. En muchos cuentos el héroe llega y se queda en la otra tierra, se casa con un hada maravillosa y lleva una vida feliz; pero la condición de su felicidad es el olvido. A través de hechizos, los seres del otro mundo le hacen olvidar su vida anterior, porque nadie puede ser feliz si echa de menos a sus padres, su tierra, todo lo que había querido una vez. Y aquí está la trampa: hay un sitio – un tercer espacio, digamos, que escapa tanto al control de los humanos, como al de la magia – totalmente prohibido, y este sitio es el valle del llanto. Si un humano quiere ser feliz en el mundo mágico, no puede pisar este valle.
El príncipe del cuento de la Juventud sin vejez y vida sin muerte obtiene lo que estaba buscando, llega a la tierra sin muerte y se casa con la emperatriz  de esos lugares. Pero un día, sin darse cuenta, pisa el valle del llanto. Empieza a recordar su vida anterior y la melancolía le invade, así que decide volver a casa de sus padres, aunque le dicen que ya han pasado miles de años en la tierra de los humanos y que no va a encontrar a nadie de sus conocidos con vida.
Vuelve a la tierra de los mortales y, a medida que avanza por ella, envejece rápidamente. Cuando llega a las ruinas del palacio de su padre, ya tiene una barba blanca hasta las rodillas. Para sobrevivir tiene que regresar al mundo mágico, pero no puede: la melancolía se lo impide, así que se queda mirando las ruinas:
 “Viendo los palacios derrumbados y la maleza que los había invadido, suspiró y con lágrimas en los ojos, intentó recordar cómo estaban hace tiempo estos palacios, bañados de luz, y cómo había pasado allí su infancia; los rodeó dos o tres veces, buscando cada estancia, cada rincón que le recordase el pasado; las cuadras donde había encontrado a su caballo; luego bajó al sótano cuyo entrada estaba tapada por los escombros caídos.”
Y así llegamos a una de las características más extrañas de los cuentos rumanos: no siempre acaban bien. Hay cuentos en los que el héroe no puede ganar, independientemente de su valentía, y Juventud sin vejez es uno de ellos:
“Buscando por un lado y por otro, con la barba blanca hasta las rodillas, levantándose los párpados con las manos y caminando apenas, no encontró más que un baúl ajado; lo abrió, pero no había nada dentro; levantó la tapa del escondrijo y una voz débil le dijo:
- Bienvenido, que si hubieras tardado un poco más, habría perecido yo también.
Sólo una bofetada le dio su Muerte, que se había secado y había encogido dentro del escondrijo, y él cayó muerto y en seguida se transformó en polvo.”


4. Conclusión
Hay muchas otras cosas que se pueden decir sobre el folclore rumano, hay muchos otros cuentos interesantes, casi desconocidos en Europa y en el mundo, que guardan algo del sabor especial de los tiempos pasados.
Los rumanos no tenemos una historia gloriosa, nunca hemos sido un imperio y siempre hemos tenido que luchar para preservar ese rincón nuestro en las fronteras de la civilización.
No hemos tenido tampoco una gran cultura – cuando Nebrija publicaba su Gramática y Cristóbal Colón salía a buscar nuevos mundos, los rumanos vivíamos todavía en pequeños reinos a merced de los poderosos de la época.
Nuestra mayor contribución a la cultura europea y mundial es el recuerdo, la conservación de la memoria de esos tiempos cuando en el mundo había misterios y sitios sin explorar.
Y ahora, como dicen, en mi silla he de montar y mi cuento he de acabar.

Símbolos precristianos y ritos de paso en los villancicos rumanos - by MIHAELA ALDA 2.



III. Dioses paganos disfrazados de santos cristianos
Llegados a este punto y antes de seguir analizando los elementos simbólicos precristianos, tenemos que pararnos un momento a hablar de los dioses precristianos a los que se les rendía culto y se les dedicaban sacrificios, y de las huellas que dejan ellos en las manifestaciones culturales cristianas.
El nombre genérico de todos estos dioses es moşi, es decir “viejos” o “abuelos”. Así tenemos las fiestas de los Viejos de Verano, en mayo, la de los Viejos de Otoño, en noviembre y los Viejos de Invierno, en febrero, todas dedicadas a recordar y a honrar a los antepasados muertos. Los viejos no aparecen, normalmente, individualizados, aunque hay dos excepciones notables a esta regla: Moş Crăciun, personificación del Sol Invictus, un antiguo dios que en la actualidad se confunde con Papá Noel, y Moş Nicolae, conocido también como Sân Nicoară, actualmente confundido con San Nicolás y celebrado el día 6 de diciembre. Uno de los animales totémicos, el oso, también es llamado tradicionalmente Moş Martin, nombre que lo identifica claramente como antepasado mítico.
Pero el dios que abre el ciclo ritual de invierno es Sân Andrei o San Andrés, celebrado el día 30 de noviembre, conocido también con el nombre de “el apóstol de los lobos”. ¡Extraña elección para llamar a un santo cristiano! El lobo ha sido siempre un símbolo de los pueblos guerreros que nos recuerda más a los berserker vikingos que a un santo de la religión del amor. La leyenda dice que Andrés, el apóstol que introdujo el cristianismo en Dacia, tuvo como guía y protector por esas tierras bárbaras a un gran lobo blanco. Ahora, si pensamos en las pocas informaciones ciertas que tenemos en relación con los dacios, vemos que su mismo nombre daos significa “lobo” en frigio, idioma emparentado con el dacio, y Estrabón nos dice que “los dacios se llamaban antiguamente daoi”. El estandarte de los dacios, tal y como aparece en la columna de Trajano de Roma, representaba un animal fantástico con cabeza de lobo y cola de serpiente o de dragón. Por lo tanto, estamos autorizados a pensar que la leyenda cuenta, realmente, cómo los dacios recibieron y protegieron al mensajero de la nueva religión. Eso sí, sus viejas creencias quedaron intactas bajo el disfraz cristiano, porque durante la noche de San Andrés tiene lugar el ritual de la “velada del ajo” – mozos y mozas se reúnen en una casa bajo la supervisión de una mujer vieja; cada chica trae tres cabezas de ajo que se mezclan en un cuenco y que se tienen que velar hasta el amanecer. Las puertas y las ventanas se cierran y está prohibido volver a abrirlas en toda la noche. Para más seguridad los marcos se untan con ajo porque esta es una de las noches cuando, según la tradición rumana, los cielos se abren, los espíritus reciben permiso para recorrer libremente el mundo de los vivos, los animales hablan y los lobos pueden mover el cuello y mirar atrás, de manera que ninguna presa se les puede escapar.
A escasos seis días de la noche de Sân Andrei celebramos a otro moş, al que llamamos también Sân Nicoară y cuya figura se confunde hoy con la de San Nicolás de Myra. Indagando un poco en la historia de Sân Nicoară enseguida nos damos cuenta de que no se trata del santo cristiano. La leyenda dice que Sân Nicoară es el guardián del Sol y el barquero de las almas. De hecho, en el mismo villancico de Maramureş del que hemos hablado antes, el santo viene por agua, en su caballo blanco, negro y rojo. El regalo que trae es un palo, una rama dorada o plateada, la sombra de lo que antaño era el árbol de la vida, símbolo de este dios. Con él se relacionan unos personajes muy misteriosos, mitad humanos, mitad espíritus, habitantes de la Isla Blanca, donde el río del Sábado desemboca en la gran agua. El villancico los llama dabruzăi o dabruzăni, pero se les conocen también como Blajini, “los gentiles”. Volviendo a Sân Nicoară, hay que decir que los jóvenes que recorren el pueblo cantando villancicos la noche del 24 de diciembre, llevan también una garrota llamada colindeţ – o palo para villancicos –, otro símbolo del árbol de la vida, que lleva incrustada una espiral, símbolo de la renovación del tiempo. Aunque podría parecer que el árbol de Navidad entra en la misma categoría de objetos simbólicos, este es una adquisición muy reciente en la tradición navideña rumana, llegada a Transilvania por intermedio de las poblaciones de origen alemana asentadas aquí a partir del siglo XVIII. Lo que no quiere decir que el abeto no tenga una función simbólica en la tradición rumana, sino simplemente que aparece en ritos diferentes, pero con el mismo significado de escalera entre este mundo y el mundo celestial. Los ritos en los que aparece están relacionados con la muerte y el funeral de los hombres jóvenes muertos antes de llegar a casarse. En estas ocasiones se corta del bosque un abeto que mida en metros (antiguamente en codos) lo mismo que la edad del muerto. Si muere, por ejemplo, un joven de 20 años, se busca y se corta un abeto de 20 metros que se lleva en procesión delante del féretro para que se clave luego en la tumba, encima del corazón del muerto, mientras se le recitan consejos para el viaje dentro de lo que podría ser un verdadero libro rumano de los muertos. En Navidad, el abeto está presente por tradición únicamente en forma del gran tronco llamado Crăciun, el nombre rumano de la Navidad, que tiene que mantener el fuego en la chimenea encendido en toda la noche, porque si no, las reses enfermarán durante el próximo año o serán atacadas por los lobos.
El día 20 de diciembre se celebra el Ignat, otro dios precristiano al que hemos visto que se le sobrepone la fiesta cristiana de San Ignacio. Es un antiguo dios (o quizás incluso una antigua diosa, tal como señalamos al hablar del simbolismo del uro) al que se le sacrifican cerdos. Su origen precristiano resulta evidente si tenemos en cuenta una tradición del Sur de Rumanía que dice que el día de Ignat se tiene que matar un cerdo en cada casa; si la familia es muy pobre, que mate por lo menos una gallina, un pato o una oca; pero si tampoco pueden matar un ave, que pinchen la cresta de una gallina negra o incluso que se pinchen un dedo para que salga una gota de sangre y así, viendo sangre el día de Ignat, estarán protegidos contra las enfermedades durante el año entero. La noche anterior a la matanza, se dice que los cerdos sueñan que serán sacrificados. Para apaciguar sus almas y para que se puedan marchar en paz, esa noche un miembro de la familia, normalmente la mujer más vieja, tiene que contar la leyenda de Ignat, una leyenda que está prohibido contar en cualquier otro momento del año y que, claro está, no tiene nada que ver con Ignacio, el santo cristiano. Se cuenta que un hombre muy pobre no puede cumplir el ritual de la matanza porque no tiene ningún cerdo, por lo que es excluido de la comunidad. Desesperado, sale a cazar, pero antes de llegar al bosque se encuentra con un cura (que luego se nos revela como espíritu maligno o diablo). Este le ofrece nueve cerdos a cambio de una cosa que tenga en su casa sin saberlo. El hombre acepta, vuelve a casa con los nueve cerdos y, nada más llegar, le informan de que su mujer acaba de dar a luz a su octavo hijo, así que para respetar el pacto con el diablo le tiene que dar a su propio hijo. Al atardecer aparecen dos peregrinos que piden un sitio donde dormir y que resultan ser Dios y San Pedro. La familia los recibe lo mejor que puede y, en cambio, Dios salva al niño ganándole al cura en el juego de los números, es decir adivinando el significado de cada número entre uno y nueve (uno es la bala de la escopeta, dos son los ojos, tres los dedos que se usan para santiguarse, etc.). Lo más interesante de la historia de Ignat es la caza, y esto por dos razones: en primer lugar porque el cerdo para sacrificar no se obtiene de la caza, sino que es criado en el corral durante todo un año, y en segundo lugar porque en invierno sólo salen de caza los hombres solteros, nunca los casados. Entonces, ¿podría tener razón Frazer cuando asocia al humilde cerdo con las diosas de la fertilidad? Aunque es cierto que la carne rica en grasas es indispensable en la alimentación de los pueblos del norte y que las razones de la matanza del cerdo son tanto prácticas como rituales, este cuento de caza nos hace pensar más bien en Diana que en el adviento cristiano. Hay que tener en cuenta también el uso mágico-curativo del cuchillo de la matanza que se usa como protección contra los muertos vivientes o contra ciertas enfermedades del ganado. Y otra observación interesante: después del sacrificio, por la noche, la familia ofrece una cena en honor al cerdo sacrificado idéntica a la cena que se ofrece en honor a los difuntos después del funeral.


IV. El Sol Invictus y la boda cósmica
Todos los rituales culminan, evidentemente, el día 25 de diciembre cuando los cristianos celebran el nacimiento de Jesucristo.  Pero, como ya se sabe, la fiesta cristiana reemplazó, en toda Europa, viejas fiestas paganas celebrando el renacimiento del sol en el solsticio de invierno, es decir la fecha a partir de la cual las noches se hacen más cortas y los días más largos. En estas fechas los romanos celebraban las Saturnales o Saturnalia que empezaban, al igual que las fiestas rumanas, con un sacrificio ritual dedicado a Saturno, alrededor del día 20 de diciembre, y culminaban con la celebración del Sol Invictus el día 25 cuando se daban grandes banquetes y se intercambiaban regalos. El mismo día 25 de diciembre, los persas celebraban el nacimiento de Mitra, un dios solar cuyo culto se expandió en el siglo I en todo el Imperio Romano.
Está claro que los dacios tenían, ellos también, una fiesta dedicada al renacimiento del Sol en estas fechas, aunque la escasa información de la que disponemos sobre la religión dacia no nos permite conocer detalles de esta celebración. Lo que sí podemos afirmar con seguridad es que los dacios no llegaron a adoptar la religión del Imperio Romano, así que no celebraban ni a Saturno, ni a Mitra. ¿Por qué estamos tan seguros? En primer lugar porque el cristianismo llegó a Dacia antes que los romanos, a pocos años de la muerte del Cristo, a través del apóstol Andrés que predicó en el Este del país – las huellas de su paso por Dobrogea se guardan todavía muy vivas tanto en las cuevas de las montañas, como en la memoria de las comunidades que habitan este territorio. Iba a pasar más de medio siglo antes de que el emperador Trajano conquistara una parte de Dacia, en el año 105. La ocupación romana se redujo a tan sólo un  cuarto del territorio habitado por los dacios y apenas duró algo más de 160 años, en este tiempo produciéndose decenas de rebeliones de los dacios conquistados apoyados por las tribus libres del norte y del este. Así que una convivencia pacífica entre romanos y dacios, que haya permitido transferencias culturales, queda excluida. Por otro lado, los romanos no estaban particularmente interesados en imponer su religión a los pueblos conquistados, sino que, al contrario, adoptaban y romanizaban numerosos dioses autóctonos.
En consecuencia, las reminiscencias que los villancicos rumanos guardan de la época precristiana nos remiten a la antigua religión dacia y representan una de las pocas, pero más fiables fuentes de información sobre esta religión.
Como ya hemos mencionado, el contenido de estos villancicos precristianos es muy diverso y muy heterogéneo. Nos vamos a centrar en un tipo especialmente interesante constituido por los villancicos de boda, los de incesto o de boda cósmica y los villancicos cosmogónicos.
Los villancicos de boda son numerosísimos, ya que la principal función del ritual era la aportación de la fertilidad y la abundancia. En un “villancico de joven (o de mozo)” de la zona de Maramureş se cuenta como el joven está pensando en hacer un bonito jardín para luego elegir como esposa a la más bella de las chicas que vengan a recoger flores de su jardín. Otros villancicos cuentan la llegada de los pretendientes a la casa de la chica. Todas estas manifestaciones poéticas no son más que reflejos de la vida y las preocupaciones normales en una sociedad patriarcal, aunque tal como hemos visto, algunos de los villancicos de boda mezclan elementos cósmicos, por ejemplo en el ajuar de la novia.
Pero hay otros villancicos que nos hacen pensar a otro tipo de boda, en la que participan elementos sobrehumanos, dioses, a una escala universal. Un primer indicio de lo complicado que es analizar la unión reflejada en las canciones rituales navideñas aparece en los villancicos de incesto. Los protagonistas de la relación incestuosa pueden ser tanto mortales, como dioses, en particular el Sol y su hermana, la Luna. En el primer caso, se trata de un príncipe o hijo de emperador que quiere casarse con su hermana – como siempre, el villancico no explica la razón de este extraño deseo. Le pide a su madre que los deje casarse, pero la madre pone ciertas condiciones: el joven tendrá que construir un puente de cobre sobre la “aduana”, un puente de plata sobre la tierra y convencer al Sol y a la Luna para que sean sus padrinos. Es decir, tiene que demostrar que su boda es una boda cósmica, implicando la unión de los tres niveles de la existencia (el espacio de los muertos se une a través del puente de color rojo por encima de la “aduana”, con el espacio de los vivos que, a su vez, se une por el puente plateado con el espacio celestial) y que tiene la bendición de los dioses (el Sol y la Luna). El joven no consigue cumplir las condiciones necesarias, así que la boda no puede tener lugar. En ciertas versiones de este villancico, el príncipe quiere seguir con la boda, de todas formas, pero entonces aparecen signos de desequilibrio cósmico que se lo impiden (la tierra empieza a temblar, la luna se vuelve roja y el sol se oscurece).
 Incluso más interesantes son los villancicos que tienen como protagonistas a los dos dioses hermanos, el Sol y la Luna. En este caso también la iniciativa pertenece al hermano que, ante el rechazo de su hermana, la quiere obligar a casarse con él. Muchas de las versiones de este villancico acaban con el suicidio de la Luna-hermana que consigue librarse del abrazo del Sol y se tira al mar.
Por lo tanto, existe un paralelismo entre el orden humano y el orden cósmico o, mejor dicho, el hombre es parte del cosmos y sus acciones influyen en el buen funcionamiento de todo el universo. A través de prácticas mágicas, él puede cruzar los límites entre los componentes del cosmos y puede cambiar la marcha del mundo.
En la cosmogonía tradicional rumana, así como se refleja ella en los villancicos, Dios hace el mundo, aunque las versiones más antiguas hablan de dos dioses antagónicos, el “hermano” y el “no hermano”, que contribuyen a la creación. Alza las estrellas en “pilares de plata” para que sus rayos fecunden la tierra y la hagan fértil. Luego el mensajero de Dios baja a la tierra transformado en ciervo para medirla y, como regalo para la humanidad, construye “en la cima de la colina/La fuente del Paraíso”. Pero después de haber completado la creación, Dios se duerme debajo de un árbol (que suele ser un manzano). Aprovechando la ocasión, el “no hermano” penetra en el Paraíso y roba, según nos cuentan los villancicos, “la pila para bautizar,/ el anillo para casar/ y el cetro para juzgar” llevando al mundo entero a un estado de caos.
Como participante en la creación o, por lo menos, encargado de preservarla, el hombre debe respetar ciertas costumbres que tienen como principal función la de impedir la destrucción del mundo por parte del “no hermano” llamado, bajo la influencia del cristianismo, diablo o incluso judas: el día de Navidad no se puede barrer la casa, no se puede lavar la ropa, etc. Más aún, en muchas regiones los grupos de jóvenes despiertan (o fingen despertar) a los anfitriones imitando el gesto de despertar a Dios de su sueño generador de caos.


V. Conclusiones
¡Hay tantas otras cosas que podrían contarse sobre las costumbres rumanas de esta época del año! Son tradiciones vivas, practicadas todavía y no solamente en las aldeas perdidas entre las montañas, porque no es raro ver máscaras de cabras o de osos en medio de las ciudades rumanas más modernas. La Iglesia Ortodoxa fue mucho menos agresiva en la imposición del cristianismo y, por lo tanto, las tradiciones del Este, tanto rumanas como rusas, serbias o ucranianas, presentan un mayor sincretismo y preservan más elementos precristianos que las tradiciones del Oeste.
Pero los tiempos cambian y las tradiciones se resienten de este cambio. No pasará mucho antes de que desaparezcan y se pierdan para siempre. Por eso es nuestro deber, como descendientes de una cultura tan antigua y tan rica, compartirlas con el mundo, darlas a conocer, incitar a comparaciones con otras culturas y sobre todo, no dejarlas morir.








Bibliografía
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